* Por Daniel Casanova y Enrique Fernández
Ya se ha escrito suficiente sobre el hecho que el movimiento social que hemos visto en los últimos meses es el más importante de las últimas décadas en Chile. Todo tipo de analistas y comentaristas han hablado de ello.
Queda pendiente, sin embargo, una pregunta: ¿por qué este movimiento ha tomado tal vuelo que no ha podido ser encauzado, más allá del agotamiento de la capacidad de representación de los partidos políticos?
No tenemos una respuesta precisa, pero sí una sospecha que podría contribuir a ella. Aunque no debiera ser necesario decirlo, por cualquier suspicacia, preferimos hacerlo: en ningún caso pensamos que sea necesario encauzar o sofocar este movimiento. Todo lo contrario. Sólo nos preguntamos por su explosión.
Pensamos que la razón de la imposibilidad de encauzar este desborde tiene que ver con la pérdida de legitimidad moral de los interlocutores.
En especial de dos figuras: la oposición y el presidente de la república.
El capital moral de la Concertación tiene un origen múltiple y valioso, pero tal vez su mayor valor residía en haber sufrido indecibles violaciones a los derechos humanos y aún así haber decidido regresar, derrocar al dictador, hacerse del poder y tratar de construir un Chile mejor. En cualquier discusión, el argumento de la violencia sufrida, operaba silenciando la disidencia y generando admiración, sobre todo en quienes vimos de cerca a los sicarios del general. Pero la nueva generación no reconoce de igual modo esa estatura moral. Le asigna valor, sin duda, pero no le basta para justificar que la política sólo se restrinja a lo posible. Ellos no conocen el miedo a los militares disfrazados de heroicos combatientes, jugando a hacer un “boinazo” o un “ejercicio de enlace”. Más importante aún, no tienen porque conocerlo. En este momento hay que hacer algo más que abrirse la camisa para mostrar las cicatrices. Por lo mismo, el argumento moral no puede operar como mecanismo de silenciamiento, ni por la vía del temor, ni de la admiración. El último ejemplo de esta situación fue la rabieta de Bitar frente al vicepresidente de la FECH.
En lo que respecta a la figura del Presidente de la República, pensamos que la llegada de Piñera le ha restado legitimidad a esta institución, cuya solemnidad de alguna manera operaba como contención paterna de la prole. Puedes discrepar y hasta odiar a tu papá, pero te mandaba un grito y te ibas a tu pieza. Pero la estampa payasesca de Piñera, sus modos de bufón, su vestimenta de vendedor de celulares (recordemos las chaquetas rojas del inicio) y, en general, un modo de ser presidente que mira al pueblo con la condescendiente benevolencia y autoritarismo con que se trata a un débil mental, han hecho que éste no sea respetado por la ciudadanía. Lejanos están los días en que Lagos se paraba frente a quienes lo increpaban y les planteaba un argumento republicano para dialogar. También, aquellos en que la Bachelet se acercaba a la gente para escuchar de cerca sus dolores. Hoy, en cambio, vivimos del puro chascarro y la violencia. El punto culminante fue cuando un niño le dio un golpe a Piñera y la prensa de farándula hizo de ello un festín. Piñera no encarna la figura del Presidente; es más bien el patrón que sonríe a los empleados que está expoliando, en el paseo de fin de año o en el asado del dieciocho. La rotada socarrona está a la espera de que le vaya mal y está disponible, llegada la hora oportuna, para hacerle una zancadilla.
En síntesis, el movimiento actual, tiene una visión de la política que va mucho más allá de las restricciones que las actuales elites juzgan como “lo posible”; pero, por sobre todo, no les reconocen a éstas la estatura moral para considerarlos como interlocutores válidos. A la oposición porque el argumento del dolor se agotó, y a la presidencia porque su nuevo habitante la destruyó.
Sin estas amarras el movimiento se desbordó y lo hizo de la mejor manera imaginable: como carnaval.