martes 6 de marzo de 2012

Muerte en Pelchuquín

El día domingo 26 de febrero, en el Hospital de San José de la Mariquina, falleció mi tía María; la Mimi. Según el certificado de defunción murió a las 22:25 hrs., pero yo recibí el llamado con la lamentable noticia a las 22:20 hrs. La última vez que hablé con la gente del hospital, a eso de las 18:00, ella ya prácticamente no tenía signos vitales.

Mi tía, cuyo nombre completo era María Darraz Huechante, alcanzó a cumplir los 79 años y hacía más de tres que estaba postrada. Alternaba sus días entre el dormitorio y el comedor, a donde la trasladaban en su silla de ruedas. De hecho, en el último tiempo hacía esfuerzos por levantarse cada día, aunque sólo fuera para mirar por la ventana.

El certificado de defunción señala como causa de muerte shock séptico. Lo que popularmente se conoce como septicemia. En el fondo, murió de una infección generalizada provocada por las numerosas heridas (escaras) originadas en su imposibilidad de moverse y, sobre todo, en el mal cuidado sistemático de quienes debieron tratarla.

Salvo por sus años de escolar, en que vivió en Valdivia, y una estadía en Máfil, en el negocio de su padre (nuestro abuelo Manuel), la mayor parte de su vida la pasó en Pelchuquín. Era una especie de matriarca de la familia que levantó un negocio de la nada, lo hizo florecer hasta lo increíble, para luego derrumbarse con él.

Producto de su enfermedad, pasó bastante tiempo en los hospitales. En Valdivia, en Santiago (en el Hospital de Neurocirugía) y finalmente en San José de la Mariquina. Al igual que otros parientes y amigos la acompañé todo lo que pude, para hacerle un poco más grata su estadía en esos tan poco amables lugares.

En los años de apogeo del negocio de Pelchuquín, que había partido como un clandestino al que llegaban a descargar el trago en las noches, tuvo hasta tres patentes comerciales. Era Minimarket, botillería y restaurant. Gran parte del pueblo y sus alrededores compraba en él. También los clandestinos de sectores más lejanos, como la Punta, se abastecían en el negocio.

Cuando mi tía Mimi regresó de Santiago, a mediados de diciembre pasado, venía llena de esperanza. Se había descubierto la causa de su inmovilidad: una fístula en la espina dorsal. La habían operado y ahora quedaba en manos de los kinesiólogos para intentar recuperar algo de la movilidad perdida. Hablé con el doctor y descubrí que era él la fuente del optimismo.

En esos mismos años de apogeo la Mimi expandió el negocio al casino del aeropuerto de Valdivia; Pichoy. La casa se transformó en un centro de eventos de los agricultores y otras organizaciones de la zona. El dinero aparecía desde todos lados y a la misma velocidad mi tía lo repartía entre nosotros, sus parientes, y entre sus amigos y amigas.

Al llegar de vuelta a Pelchuquín, sin embargo, todo entró en el letargo habitual. El paramédico encargado de la posta impuso el ritmo de las visitas para curarla a un par por semana. La kinesióloga le explicó que ella era experta en ejercicios pulmonares o algo así y la dejó sin atención. El programa de postrados brilló por su ausencia y el optimismo se devaneció.

En lo últimos años el negocio comenzó a decaer. Ya no pudo competir con las cadenas de supermercados de Valdivia, que incluso pusieron buses para movilizar a la gente para que hiciera sus compras. Los pequeños competidores locales hicieron el resto. Además, su generosidad no se mermó en nada. Al final, las estanterías estaban casi vacías.

Cuando me avisaron que mi tía Mimi sería internada en San José, nadie imaginó que era producto de las heridas, que habían alcanzado proporciones tales que los médicos me dijeron que probablemente serían incurables. La derivaron tres veces a Valdivia. Las primeras dos fue devuelta sin atención, la tercera, para que muriera con alguna dignidad y no en la Urgencia.

Su partida marca el fin de una época en la historia de la familia. Se nos fue, con sus virtudes y debilidades, una especie de matriarca. También marca una época en la historia del pueblo, ya que con ella desaparecerá probablemente el negocio que su hermana Julia, nuestra tía Leli, se ha esforzado hasta el agotamiento por mantener. Pero también marca el fin de una pueblerina y cordial convivencia con las autoridades e instituciones de salud locales, ya que a su muerte seguirá un juicio, al menos civil, contra quienes no hicieron la pega y, mucho peor aún, no nos informaron de la gravedad de la situación.

Sólo me consuela un poco el que mi tía estaba cansada de vivir y en varias ocasiones me dijo que se quería morir. Más de una vez, en mi presencia, le preguntó con desesperanza a Dios porqué la mantenía viva.

Sólo por eso tengo algo de consuelo. Porque su muerte fue innecesaria; y sobre todo cruel.

domingo 29 de enero de 2012

El Mercurio, una vez más...

Por Daniel Casanova Cruz

En el Mercurio de ayer Domingo se puede leer un reportaje titulado "Resultados de las Postulaciones. Las Seis Claves del Proceso de Admisión 2012", el cual detalla las principales tendencias del proceso de admisión a las universidades, ahora que se incorporaron 8 universidades nuevas.
El estudio señala estar basado en la consulta a expertos y rectores, (los cuales no se identifican) y agrega que las seis tendencias señaladas por estos se basan "en los datos disponibles hasta ahora, que solo incluyen las postulaciones". El reportaje destaca también que "por primera vez se cuenta con información pública contrastable sobre el desempeño de las universidades del CRUCH versus las ocho privadas". (subrayados nuestros)
Me interesa comentar las tres primeras tendencias, que se refieren específicamente al desempeño comparado entre las universidades privadas y las del Consejo de Rectores.
Primera Tendencia: La consolidación de un grupo de universidades privadas.
"Según las cifras entregadas por el DEMRE, en la mayoría de las universidades del Consejo de Rectores bajaron los puntajes promedio de Lenguaje y Matemática de los postulantes...".
Lo anterior es verdadero, si uno compara las cifras del año 2011 con las actuales, en el caso de las Universidades del CRUCH.
Pero el decano agrega a reglón seguido "...no así en la mayoría de las privadas, las que incluso subieron hasta 10 puntos".
¿Cómo se hizo la comparación de las privadas, si no se dispone de datos históricos de postulaciones? ¿No era acaso esta la primera vez que se disponía de información contrastable, de lo que se concluye que el año pasado no había? Si lo que hicieron fue comparar con los datos históricos de los matriculados de las universidades privadas, ¿no habíamos quedado que el análisis "sólo incluye las postulaciones"?. Por último, ¿hubo control del factor introducido por la reutilización del puntaje anterior?
"Los expertos consideran llamativo que de los 301 puntajes nacionales, 19 hayan postulado a las universidades privadas, lo que daría cuenta que son consideradas una opción, incluso entre los alumnos top"
Es efectivo lo anterior, pero estos 19 alumnos top, hicieron otras postulaciones y 7 quedaron en lista de espera en universidades del CRUCH, las que estaban marcadas en mejores preferencias. Así que son sólo 12 los que prefirieron categóricamente las universidades privadas. Un 3,9%.
Que altos puntajes se matriculen en universidades privadas selectivas no constituye novedad, como lo demuestran los datos del AFI, por lo que no hay nada de "llamativo".
2) Ues privadas quitan 2500 de los mejores puntajes a planteles tradicionales.
"Al comparar las postulaciones 2011 y 2012 de los 27.500 mejores puntajes se observa que este año las universidades del CRUCH perdieron cerca de 2500 alumnos que prefirieron las universidades privadas."
¿Porque presentar la cifra de 2500 postulantes como un logro de las universidades privadas integradas al sistema de admisión, en circunstancias de que esas mismas universidades, en la última asignación del AFI, reportaron 5853 alumnos matriculados de los 27500 más altos puntajes? (Fuente: http://www.divesup.cl/index2.php?id_portal=38&id_seccion=3063&id_contenido=12223).
Distinto es si nos quieren decir que de los 27500 mejores puntajes 2011, postularon de nuevo 2500 y marcaron en alguna preferencia universidades privadas. Esto no queda claro en el reportaje; pero si así fuera, lo aconsejable sería ver donde se matriculan finalmente, lo cual no se sabe todavía.
3) El impacto de las movilizaciones estudiantiles.
"Según los expertos, las encuestas muestran que la gente aprueba las movilizaciones, pero rechaza los paros. Eso explicaría por qué un grupo de estudiantes optó por universidades privadas a la hora de postular."
Si las universidades privadas no estaban en el sistema conjunto de postulaciones en el 2011, las postulaciones que aparecen ahora constituyen un hecho bastante obvio y esperable, pero el Mercurio lo atribuye sin pestañear al rechazo de los paros. Las universidades privadas hace rato que matriculan gente y algunos altos puntajes; la única diferencia ahora radica en el sistema de selección utilizado, donde ahora figuran sus postulantes y preferencias.
Aparentemente para El Mercurio, la medida del éxito de este proceso, en la perspectiva de las privadas, es simplemente que "un grupo de estudiantes" opten por ellas y -de paso- aventura que si lo hacen es muestra de rechazo a los paros. Ergo, la medida del éxito para las universidades del CRUCH, sería que nadie optara por las universidades privadas.

sábado 3 de diciembre de 2011

En defensa del Estado

Desde hace varios años escuchamos con creciente frecuencia que el Estado debe disminuirse o incluso desaparecer. Esta antigua fórmula se ha expandido más allá de sus representantes tradicionales anarquistas y liberales. Aparece en boca de muchos con una liviandad alarmante. Como si proponer la desaparición del Estado fuera lo mismo que eliminar un paradero de buses.
Los argumentos para esta propuesta son varios: el excesivo pago de impuestos, la corrupción política, su instrumentalización con fines privados, y así suma y sigue.
Si bien estas afirmaciones pueden tener algo de verdad, las preguntas que habría que plantearse son otras: ¿porqué no intentar mejorar el Estado? o ¿a quién es funcional su desaparición?, más preciso aún: ¿a quién le interesa que pensemos que es innecesario?
La forma que le conocemos al Estado la adopta en la Edad Media, cuando los reyes y príncipes lograron concentrar territorios e imponer en ellos dos monopolios: el fiscal y el de la violencia. Es decir, nadie más que ellos tenían la atribución de cobrar impuestos y utilizar la violencia física (y jurídica). Para eso debieron desproveer a los habitantes de sus territorios de dichas posibilidades. Ambos elementos constituyen los fundamentos del Estado moderno.
Con el transcurrir del tiempo éste pasó a manos de grupos organizados en partidos políticos y fue adquiriendo o perdiendo formas y funciones, dependiendo de la visión ideológica que se tenía de él. Así, por ejemplo, hubo países donde éste encabezó reformas agrarias, expropiando y distribuyendo tierras. En otros se hizo cargo de todos los niveles educativos dándole gratuidad. En algunos países desarrolló grandes complejos industriales para potenciar el desarrollo, en otros, se deshizo de todas o casi todas sus industrias entregándolas a empresarios privados. Así surgieron conceptos como Estado Empresario, Estado Asistencial, Estado Docente, Estado Subsidiario, entre otros.
Si bien a lo largo del tiempo y en distintas regiones el Estado ha adoptado diversas formas y funciones, hubo algunas que se hicieron común a éste. Una de ellas, más reciente, fue el respeto a los derechos humanos. Es decir, más allá de la posibilidad de ejercer violencia, el Estado debe proteger los derechos humanos de sus propios ciudadanos (de ahí la gravedad que revisten las dictaduras, ya que ellas utilizan el mecanismo de dominación más poderoso de una sociedad en perjuicio de quienes deberían ser beneficiarios).
Relacionada con la anterior, pero más antigua, existe otra función: el Estado opera regulando las relaciones privadas de sus ciudadanos, para que estos no puedan abusar los unos de los otros. Así surgen, por ejemplo en el caso de Chile, a comienzos del siglo XX, las leyes laborales. Éstas imponen jornadas de trabajo razonables de ocho horas diarias, cinco días por semana, con derecho a descanso y vacaciones, sueldo mínimo, etc. Hasta antes de eso era frecuente encontrar trabajadores con jornadas de 12 o más horas diarias. En las minas de carbón de la familia Cousiño en Lota, por ejemplo, los fines de semanas había turnos de 24 y 36 horas. Es decir, los obreros bajaban a la mina el sábado en la mañana y los subían recién el domingo en la mañana o en la tarde, dependiendo del turno. Esto, naturalmente, sin derecho a pausas y condiciones mínimas, como baños (el primero se instaló en la década del 1920 en Arauco). Además, se les pagaba por cajón extraído y no había ahorro para salud o pensiones.
La asimetría entre el poder de dicha familia y los obreros era tal que no había posibilidades de negociar condiciones laborales mínimas, ni aún estando sindicalizados.
Recién cuando otros sectores sociales consiguen acceder al Estado y otras ideologías comienzan a poblarlo, éste logra regular las relaciones laborales, a fin de que unos no abusen de otros.
Nos guste o no, el Estado es hoy - en un país como el nuestro que prácticamente no posee sindicatos o gremios poderosos - el único garante de algunos derechos básicos de los obreros y, más genéricamente, de los ciudadanos. Sin él, los más débiles quedarían al arbitrio de los más poderosos.
Ahora tal vez ya se pueda intentar una primera respuesta a las preguntas planteadas.

martes 22 de noviembre de 2011

Celebrando el horror

Me resulta inevitable escribir sobre la presentación, en Providencia, de la 4a edición del libro en honor a Krassnoff. Pero a diferencia de otras veces no voy a reseñar su criminal vida porque creo que no vale la pena. Salvo decir que está preso y condenado por delitos de secuestro, desaparición de personas y, en general, de violación a los derechos humanos (como antes su abuelo y su padre, fusilados por su participación en la persecución de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, por traición a la patria y colaboración con el enemigo). Veinte condenas ratificadas por la Corte Suprema, deberían estar en lo correcto.
A partir de lo sucedido se podrían plantear muchas preguntas, pero hay una que me preocupa: ¿en qué clase de país es posible que pase algo como lo sucedido?
Se supone que el nuestro es miembro de la OECD, que se considera a las puertas del desarrollo y se percibe como una especie de jaguar en América Latina.
La respuesta no es simple. Tal vez ayude un poco poner lo sucedido en perspectiva. Cuando uno ha tenido la suerte de viajar por Europa hay algo que llama la atención: en las fachadas de las casas, sobre el pavimento de las veredas, en los parques y en muchas otras partes hay placas, monumentos, museos y otros tantos símbolos que buscan hacer visible el horror del que el ser humano ha sido capaz. La idea es recordarlo de manera sistemática a fin de no olvidar lo precaria que puede ser la convivencia política y el respeto a los valores sobre los que ella se asienta.
Por lo mismo, los campos de concentración nazi fueron transformados en museos y a los horrores cometidos en aquella época se les incorporó en los planes de estudio de enseñanza básica. La premisa es: no puede haber ningún ciudadano que no conozca lo sucedido y no se forme un juicio a partir de los valores socialmente compartidos, relacionados con los derechos humanos.
Esto en Chile no ha sido así, al menos no como una política de nacional. Los historiadores y académicos de todas layas, no hemos estado a la altura de poner en el debate la relevancia de recordar el horror y ponderarlo como se merece. Al contrario, nos dejamos avasallar por el pragmatismo político de los consensos y por el sin sentido común que impuso la derecha, a través de frases vacías pero efectivas como: "hubo caídos de ambos lados", "si los mataron por algo será", y así suma y sigue.
La derecha, como es evidente, logró poner a la misma altura moral la insurrección social de los años 60-70, con los crímenes sistemáticos organizados por el estado chileno cuando estuvo en manos de los militares.
Por eso tal vez no debería extrañarnos tanto lo sucedido. No hemos sido capaces de construir un consenso respecto a la importancia de los derechos humanos ni de lo reprobable que es cualquier acto que atente contra ellos. Al contrario, le hemos sacado el bulto a ese trabajo y lo hemos relegado a un par de políticas estatales, a uno que otro museo sin mayor presencia nacional, a un escaso tratamiento en los currículos escolares y, finalmente, a la admirable e incansable iniciativa de algunas organizaciones de sobrevivientes.
Por lo mismo, vivimos en un país que posee una Armada que no ha hecho un mea culpa por su participación en los sucesos posteriores a 1973. No sólo eso, una Armada que en lugar de transformar a la "dama blanca" (como llaman a su buque insignia Esmeralda) en un museo contra la tortura, la pasea altiva por los puertos del mundo, para orgullo de la mitad de los chilenos. Vivimos en un país que se da el lujo de elegir en una de sus comunas emblemáticas a un ex coronel de ejército y miembro del aparato de inteligencia de la dictadura. Y lo elige 4 veces consecutivas, de las cuales en 3 obtiene más del 60% de los votos (algo parecido ha ocurrido también con algunos parlamentarios). Vivimos en un país en que el Presidente de la República, que se dice representante de una nueva derecha, pone de ministros de varios de los "jóvenes de Chacarillas", que exhiben orgullosos su pasado cómplice. En otras palabras, vivimos en un país donde la condena a la dictadura y sus crímenes no es unánime, sino parcial (probablemente también porque los torturados y desaparecidos no eran más que unos "rotosos" comunistas).
Chile tiene una deuda no sólo con las víctimas del terrorismo de Estado bajo Pinochet, sino con su propia memoria.
Es esta deuda la que explica que en este país, se pueda producir un acto como el de ayer y que no haya una condena general de todo el aparato político y de todos los sectores sociales.
Eso, en parte, explica que vivamos en un país donde se puede realizar impunemente una intolerable ceremonia que festeje el horror.

lunes 14 de noviembre de 2011

La deserción y la que la parió

*Por Daniel Casanova Cruz

Hace varios ya, el profesor Gero Lenhardt, invitado a una universidad chilena, señaló con germano aplomo que "sólo un idiota a esa edad no tiene dudas sobre que hacer con su vida". Contestaba así una quejumbrosa pregunta sobre el flagelo de la deserción universitaria que le hizo una periodista.
Hoy en día, la deserción viene a ser el motor principal de las políticas universitarias relacionadas con el pregrado, tanto a nivel sistémico como general y se habla de ella como de una epidemia.
Las cifras globales se refieren a dos fuentes que reúnen información sobre la educación superior: el INDICES y el SIES. El primero es una base de datos del Consejo Nacional de Educación (CNED), que recopila información agregada desde cada una de las instituciones, las cuales informan el número de matriculados y desertores de cada cohorte y carrera. Luego el CNED junta todo eso y dictamina cual es la deserción, por ejemplo, de los alumnos que ingresaron el 2007 a la educación superior. Si una universidad X informo 60 matriculados y 40 desertores en una carrera ¿cómo sabe el INDICES si los 40 desertores no están informados como matriculados por alguna de las restantes 60 instituciones? Raro, por decir lo menos.
Un instituto académico tan prestigioso como el Centro de Microdatos de la Universidad de Chile, se basa en las cifras del CNED para señalar que "Las tasas de deserción al término del primer año universitario, de acuerdo al Consejo Superior de Educación es de 19% promedio en las universidades del Consejo de Rectores y 22% promedio en las universidades privadas sin Aporte Fiscal Directo (AFD). En ambos tipos de universidades continuaría aumentando la deserción en los años siguientes pero a menores tasas. Al tercer año las tasas acumuladas de deserción serían aproximadamente de 39% y 42% respectivamente".
Una auténtica tragedia, que justifica lanzarse a buscar sus causas y a inventar modelos predictivos basados en sofisticados cálculos de riesgo, emulando a las compañías de seguros.
La segunda fuente -el SIES, perteneciente al MINEDUC- es un sistema de información basado en registros de estudiantes reportados por las instituciones y no en datos agregados, lo cual lo convertiría en una fuente más confiable. Este organismo publicó un estudio de los alumnos ingresados a la educación superior el 2007. En la nota metodológica señalan que "Los datos de retención corresponden al % de estudiantes matriculados de la cohorte 2007 (que ingresaron a la institución el año 2007) que siguen en la misma institución como alumnos antiguos (de ingreso 2007) el año 2008" Y agregan sin ningún bemol que "Si un estudiante registrado como alumno de primer año 2007 aparece matriculado el año 2008 como alumno nuevo en la misma institución también se considera “deserción”, independiente de la carrera y/o programa que cursa, toda vez que salió del sistema y volvió a ingresar en otra cohorte".
¿No estaremos contando como parte de la deserción, la movilidad estudiantil? Y si así fuera, ¿cuál es el problema con la movilidad?
Un estudio referido al caso canadiense encontró que, de un 50% de estudiantes que no habría terminado su carrera, sólo un 10-15 % pueden ser considerados verdaderos desertores. La diferencia se explica por aquellos que ha finalizado otras carreras, en diferentes instituciones y hasta en diferentes niveles de estudios post-secundarios, así como aquellos que han retomado sus estudios después de un tiempo de abandono. Concluye este estudio que la deserción es mucho menor de lo que se había estimado hasta entonces.
Por supuesto que la deserción, en una carrera o en una institución, es un problema para esas entidades, sobre todo si deben sufrir los rigores del autofinanciamiento anarcocapitalista. Pero hay una distancia en señalarlas como el origen de una imaginaria tragedia nacional que todavía nadie cuantifica seriamente. ¿Que hay tras este discurso, si la movilidad estudiantil es claramente esperable en un sistema altamente privatizado y diversificado? ¿No es acaso esperable y hasta positivo la migración de "clientes" entre los "proveedores del mercado", cómo se llama ahora a las universidades?
Por lo menos el estudio del SIES nos da una pista, al decir que las tasas de deserción son una "exigencia de información venida desde la OCDE y el Banco Mundial."