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lunes, 29 de febrero de 2016

Humor es cuando...


Por Omar Saavedra Santis

     Entre mis muchas malas costumbres está la de hojear los diarios por la mañana. (Hojear, es un decir, pero aún no me atrevo a decir “navegar”, no me sale bien). Es así como me he enterado que en Chile aún hay humor. Me lo aseguran con severo rigor la docta academia y el foro político, así como decenas de serias declaraciones y apostillas de especialistas en el asunto, que en estos días de canícula refrescan las páginas titulares de los periódicos con reflexiones, a favor o en contra, sobre el renacimiento de nuestro humor, que muchos daban por extinto para siempre jamás. Todo esto, con ocasión de las ovacionadas presentaciones de humoristas en un reciente festival de verano en algún lugar cuyo nombre no quiero etc. En su significación más elemental pareciera ser que humor consiste en hacer reir o algo parecido. O sea, algo digno de todo elogio en estos tiempos y en estas comarcas. En pos de tan filantrópico propósito se afanan gentes que se llaman a sí mismas humoristas. Empeño tan generoso me llevó a recordar, no sé por qué, un suceso que yo creía haber olvidado.
     Ocurrió por ahí el 81 u 82 en Rostock, una pequeña ciudad hanseática en la orilla occidental del Mar Báltico. Desde 1899 hay allí un bellísimo parque zoológico, donde en verano explotan magnificentes y por doquier macizos de adelfas, rododendros, hortensias, rosaledas. Pero sin duda uno de sus mayores atractivos es el Darwineum, un área de 20.000 mts², que alberga poco más de 80 especies animales. Corazón del Darwineum es el Hall Tropical. Allí se albergan familias de gorilas de tierras bajas, lémures de Madagascar, monitos tití de la Amazonía y chimpancés de Borneo. Entre estos últimos se encontraba “Gorgo”, un adulto de edad media. “Gorgo” era por lejos el favorito del público y también el más divertido. Quizá porque era el único de su familia capaz de hacer bromas con sus humanos espectadores, hacerlos reir, reírse con ellos y aplaudirse. Su número, en todo sentido fuerte, que lo hizo famoso era cagar en su mano y arrojar de pronto los excrementos a los mirones despistados. Cuando ello ocurría, todos se mataban de risa, salvo algunos -no todos- de los que recibían la descarga de mierda. “Gorgo” no lo hacía por casualidad, sino muy consciente del gran efecto y afecto que su ingenio provocaba entre sus admiradores que lo aplaudían cada vez que algún distraído no leía el cartelito pegado a la jaula que advertía benévolo: “Vorsicht: Affen werfen mit Kot!” (“¡Cuidado: monos arrojan heces!”).  Lo más gracioso era, repito, que “Gorgo” agradecía con aplausos a los que lo aplaudían y -en contra de las ordenanzas- le arrojaban propinas de maníes o plátanos.
     Esta graciosa rutina de “Gorgo” duró hasta que la dirección del jardín zoológico, obedeciendo acaso órdenes de algún quejón con influencias, decidió poner un vidrio entre la jaula de “Gorgo” y su público. El número de sus espectadores se redujo brutalmente. La consecuencia más imprevisible e indeseada de tal medida, fue que “Gorgo” comenzó a languidecer, decaer y enflaquecer, al punto que el veterinario jefe del zoo pronosticó que tal cuadro depresivo tendría un desenlace fatal.
     Sin embargo, el talento innato de “Gorgo” lo llevó a crear otro número con el que volvió a conquistar y reencantar a su público: comenzó masturbarse en el centro de la jaula mirando con fijeza a una y a otro de los que volvieron a agradecer con aplausos y carcajadas su irresistible vis cómica.
     Yo creía haber olvidado al bueno de “Gorgo”, quien, confío e imagino, acaso todavía vive. Pero, como dije al comienzo, hojeando los diarios deste verano volví a recordarlo a él y a su grande y desinteresada humanidad.

lunes, 10 de junio de 2013

¿Bienes públicos?

Nuestra Armada Nacional vigilando celosamente las costas del río Calle Calle, en septiembre de 2012










miércoles, 24 de agosto de 2011

La Maratón de Jacinto Molina. El Ictus invita a otro periplo

Por Savinio de Berger

“¡Levántate y corre!”.

En verdad, el mandato original tiene una vetusta edad bíblica. En la literatura neotestamentaria él aparece registrado en el último y más controvertido de los evangelios canónicos, el del apóstol Juan (el que según dicen algunos, era el discípulo favorito de Jesús), quien narra uno de los prodigios más conocidos y populares de su maestro, que acaece cuando este le da una imperativa orden médica a un enfermo, cuyas dolencias lo tenían casi cuarenta años pegado a la cama: “¡Levántate y anda!”, dice Juan que le dijo.

El título del nuevo espectáculo, creación colectiva, que el Teatro Ictus ofrece en estos días en su sala de calle Merced, es una variación bastante más categórica y urgente que aquella vieja frase del Libro.

“¡Levántate y corre!” es una proposición que el Ictus no sólo hace a los que aún les funcionan los oídos para oír, y quizá también los ojos para ver, sino ante nada a los que se niegan a olvidar la función de sus pies. Es una demanda de auxilio, una voz de suma urgencia que resuena in crescendo desde el comienzo hasta el final de esta, su nueva oferta escénica.

“¡Levántate y corre!” es el último llamado con que su conciencia obliga al profesor Jacinto Molina (Nissim Sharim) a endilgárselas a la región siempre incierta de los recuerdos. Antes de partir, él y su mujer, Leonor, (María Elena Duvauchelle), nos entregan una telegráfica declaración de principios (y finales) sobre el sentido de este viaje a todas y ninguna parte de la vida de un hombre que se decide a enfrentar la jodida tarea de preguntar y preguntarse. También Clavel, (Roberto Poblete), el ubicuo amigo-enemigo de Molina, nos expone a comienzos del viaje, la contabilidad de las razones que lo llevarán a intentar disuadir al profesor Molina de su deschavetada intención de realizar este trayecto retroactivo, huérfano de todo sentido práctico, según Clavel. Lo que sigue, el viaje mismo, es una poética caleidoscopía de nostalgias y frustraciones, culpas ajenas y delitos propios; un rebobinaje histórico de nuestros rollos más íntimos; una mirada contumaz a ese espejo mañanero en el baño cuando nos creemos solos. Desde su comienzo, este viaje de Jacinto Molina se anuncia como una aventura asaz trabajosa, porque ella nos conduce al escondido patio trasero de esas biografías que insistimos en llamar celosamente personales sólo para evitar reconocer la porción de (ir)responsabilidad que nos cabe a cada uno en el amasijo de nuestro destino colectivo.

Por cierto, el de Jacinto Molina no es un viaje a tierra de nadie, ni lo realiza sin ayuda cartográfica. Otros antes que él ya han estado allí y dejado sus huellas en esas estaciones y situaciones. Reconocemos el paso de Joseph K., por los pasillos eternamente circulares de unos tribunales ciegos; escuchamos los susurros de los detenidos desparecidos que aún flotan en el aire; nos alcanzan todavía los sentimentales ecos sangrientos de Lili Marleen. Al mismo tiempo durante ese viaje nos vuelve a rozar también la memoria del amor primero, de aquel tiempo en que nos preguntábamos en el dialecto de Chillán ¿qué se ama cuando se ama?; reaprendemos que es posible darle una vuelta al día en ochenta mundos; nos reencontramos en ese viaje de Jacinto Molina con la certeza de que no es un trabajo de amor perdido defendernos con alma y corazón del neocanibalismo que se afana en devorar lo que nos va quedando de alma y corazón.

El fin del viaje de Jacinto Miranda pareciera terminar en el punto donde comienza, pero no es así. Fiel a su dialéctica e historia, el Ictus al final de su propuesta, lanza al rostro de quienes lo aplauden, una botella con un mensaje. Esta vez, es un recado a todos los que intentan el regreso a las Itacas de Kavafis: “no apures tu viaje. / Lo mejor es que dure muchos años; / y que desembarques, ya viejo en la isla / rico con lo que ganaste en la travesía”.

Naturalmente este nuevo opus del Ictus no es un panfleto moralista. Es un simple exorcismo de risa y poesía, un ejercicio de seso y amor contra la maligna trivialidad nuestra de cada día, una salvaguardia contra la precariedad mental de nuestros príncipes. El colectivo del Ictus muestra en esta nueva creación suya una mano segura y afortunada para guiar el relato escénico del viaje de Jacinto Miranda con un texto inteligente sin miedo a las palabras ni a las ideas, y mucho menos a pronunciarlas. La puesta en escena (que lleva la firma de Nissim Sharim) prescinde prácticamente de todo aparato y artificio. Su materialidad es de una sencillez franciscana. La dirección se concentra y se hace fuerte en lo que bien tiene: un equipo de actores que asegura un efectivo juego compartido, en el que por supuesto brillan con luces propias los acostumbrados rendimientos individuales de Sharim, Poblete y Duvauchelle. Junto a este viejo tercio sin embargo, Solange Treguear y Rodrigo Contreras, en roles instrumentales de más hueso que carne, cumplen bien y sin ningún mérito menor con lo suyo. Las deficiencias acústicas de la banda sonora y el pobre inserto visual-digital no logran mermar la ganancia indiscutible con que el espectador abandona la sala, pero sirven para recordar algunas de las muchas necesidades materiales con que el Teatro Ictus arrastra heroico su supervivencia.

Cuenta Juan en su evangelio homónimo que cuando su Maestro, a orillas del lago mágico de Bethesda, le ordenó al enfermo “¡Levántate y anda!”, lo hizo para curarlo de su enfermedad. Cuando aquí en Santiago el Ictus nos recomienda: “¡Levántate y corre!”, es más o menos para lo mismo.

lunes, 16 de mayo de 2011

Necesitaba techo en el centro capitalino*

*Por Judith Gelke

Había acariciado la idea de arrendar un pequeño departamento amoblado, pero el nivel de precios me convenció rápidamente de optar por una pieza. Para encontrar dicho objeto de arrendamiento recorrí, a lo largo de tres días, diversos departamentos y casas de la ciudad. Las sensaciones multisensoriales que me esperaban en los hogares visitados excedieron en buena medida lo que había imaginado. Dicho sea de paso, estamos hablando de Santiago centro y de $ 120.000 mensuales.

»En esta casa ahorramos« dijo, mientras vertía agua de una pequeña taza en un vaso metálico. » ¿Para qué vamos a calentar más agua de la que necesitamos para preparar un cafecito?« La dueña de la casa, de avanzada edad y no menos astuta que arrugada, continuó explicando el reglamento interno. Uso de cocina, bueno, pero sólo muy ocasionalmente, preferiría hombres en la casa, ya que las niñas se peleaban a cada rato por la ropa interior(!), ¿visita? – por favor, no. Tampoco habría sido posible invitar a alguien, dado que la pieza medía aprox. unos cinco oscuros m2 y el único espacio desocupado era el clóset. Otro momento estelar se produjo cuando me presentó la cuerda de la ropa –tres metros para cinco personas– y un aparatito que ingenuamente había tomado por una radio. La cosa se desenmascaró como un dispositivo tecnológico de punta: un televisor blanco y negro, pantalla 10x10 cm, supuestamente de la edad media.

Siguieron dos casas, mejor dicho, chabolas amplias en estado ruinoso, mismo precio. La falta de luz, el olor penetrante y la completa ausencia de limpieza en la primera ruina me hicieron recordar una osera que alguna vez había visto en un documental. La “pieza amoblada” estaba vacía, si no contamos la mugre y el moho que adornaban su interior. Saliendo de la oscuridad total del living, quedé impresionada con la luminosidad dolorosa del “patio de luz” que representaba el único lugar naturalmente iluminado de este piso. El estado del baño y la cocina: chocante. Mi cerebro se esforzaba locamente por crear coherencia y me señaló buscar con la mirada los cultivos de cáñamo que habrían armonizado perfectamente con el ambiente. El interior de la segunda barraca estaba totalmente en ruina, lleno de escombros con paredes semidestruidas y, para variar, carecía de muebles. El ambiente de la casa era tan inquietante que me dieron ganas de arrancar corriendo.

El “Premio a la Creatividad” en la categoría “Baño” pudo ser otorgado a dos partes: en un primer caso, los dueños de una mansión tremendamente linda ofrecieron una pieza en una pequeña ampliación significativamente menos espectacular. Habían instalado el wáter dentro de la cabina de ducha junto con un pequeñito lavamanos, es decir, que semejante instalación permitía ducharse, cepillarse los dientes e ir al baño simultáneamente – eficiente, ¡sin duda! Fuera de la ducha, dónde, por lo general, se encuentra el lavabo, se había colocado un viejo hornillo, suficientemente oxidado como para alegrar el corazón de cualquier chatarrero. Directamente delante de la pieza, que tenía entrada independiente desde el patio, vivía el perro de la propiedad, tamaño vaca, que ladraba de forma atemorizante a unos dos metros de distancia de la almohada. En la segunda candidatura susceptible de ser premiada, el baño estaba directamente ubicado dentro de la pieza. Aquí, “directamente” quiere decir literalmente eso, ¡directamente! La separación de la ducha y el wáter del resto de la habitación fue únicamente óptica (y ni siquiera) y se logró a través de la hábil colocación de una delgadísima pared plástica semitransparente. Además, el cuarto estaba amoblado con colchones que deben haber sobrado de alguna ambulancia de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando finalmente llamo a la puerta de mi nuevo domicilio, el dueño abre y me ve con mi maletón y el mochilazo de trekking y me pregunta si eso es todo. Pienso que debe estar bromeando, sin embargo, sus facciones reflejan seriedad. Me pregunta dónde tengo mi cama. Después de un momento de perplejidad total, le explico que viajar con armadura de cama desde Alemania en el avión resulta algo incómodo, y le recuerdo gentilmente su promesa de hace tres días atrás, de amoblar la “pieza amoblada” (vacía) que quería arrendar. Al final, todo se resolvió, ahora convivimos contentos y la gata de la casa me pide su ración de comida por las mañanas.

Hace un par de años, el Gobierno de Chile realizó una campaña publicitaria bajo el lema »Chile sorprende siempre«. Desde mi punto de vista, uno de los slogans más pertinentes de la historia de la publicidad.

martes, 8 de marzo de 2011

Chile, país de eternos ganadores

Chile acaba de perder 4 a 1 frente a Estados Unidos en la Copa Davis. No es que me interese mucho el tenis. De hecho, no tengo la más mínima idea de ese deporte. Sin embargo, algunas declaraciones de la prensa no pueden dejarlo a uno indiferente, por el significado profundo que encierran.
Con orgullo Radio Bío Bío, que se jacta de ser una de las más independientes y críticas del país, celebró la derrota del equipo chileno, titulando su artículo, con evidente poética, "Cuando la cueca desafió al rock and roll".
"Chile no tiene nada que reprocharse", señaló. "Por el contrario, debe alegrarse. Hay equipo para pelear de igual a igual en el repechaje de septiembre la permanencia en el grupo mundial".
No menos notables que estas palabras fueron las del propio Nicolás Massú. Uno de nuestros tenistas estrella, que está en el lugar 263 de algún ranking, señaló, luego de perder: "No sé por qué esa negatividad. Se perdió, pero demostramos que podemos jugar de igual a igual ante un rival poderoso. Paul se entregó y yo también. Fueron mejores que nosotros y ahora esperamos seguir en el grupo mundial".
Dos cosas llaman la atención. Primero, el orgullo con que se enfrenta la derrota, incluso por quienes la sufrieron personalmente. Segundo, que también aquellos que se jactan de críticos la celebran y se conforman con haber competido.
No puedo dejar de recordar la frase que escuché a un tenista argentino hace años, en una situación similar. Debía enfrentar a Marcelo "chino" Ríos, quien en aquella época se ubicaba entre los primeros tenistas del mundo. Cuando agudamente un periodista chileno le preguntó si creía que tenía posibilidades de ganar, respondió: "¿y usted piensa que si yo no creyera que tengo posibilidades de ganar, vendría a jugar?"
Efectivamente el tenista argentino perdió, pero en ningún momento se retiró con aires de ganador. Si no como lo que era: alguien que había justamente perdido ante la superioridad innegable de un contendor.
Son varias las preguntas que surgen ¿Por qué a nosotros nos cuesta tanto aceptar que en éste, como en muchos otros casos, no estamos a la altura, e intentamos vestir de victoria la derrota? ¿Por qué insistir en que nuestro valor radica en nuestra capacidad de lucha y no de logro? ¿Será verdad lo que tantos han escrito acerca de que nuestro héroe máximo - Arturo Prat, cuyo barco fue hundido y él muerto por el enemigo - es quien mejor representa nuestra identidad nacional? ¿Cómo se condice esto con un país lleno de "winners"?
Pienso que lo que hacemos al emitir juicios como los transcritos no es más que crear un artilugio lingüístico para no reconocer que no estamos a la altura de ganar. Y que para no sentirnos humillados ante la derrota, le adjudicamos a ésta un valor superior. Algo así como sentirse orgullosos de haber tenido la oportunidad de perder.
En la "Casa del Deporte" de la Universidad de Concepción hay un mural - muy conocido y extendido - que dice "gana sin orgullo, pierde sin rencor". Estoy seguro que quien lo escribió, jamás se podría haber imaginado que hubiera sido posible aconsejar a un derrotado: "pierde sin orgullo".

jueves, 29 de abril de 2010

Los terremotos derriban mitos

Por Rodrigo Vidal Rojas

Los fuertes daños producidos por el terremoto no sólo son de carácter humano y material. En mi calidad de no experto, considero que la catástrofe del 27 de febrero ha puesto en crisis al menos cuatro aparentes verdades asumidas y ha develado que probablemente se trate de cuatro mitos sin fundaciones sólidas.

El primer mito fragilizado es “Chile, país solidario”. Por cierto, como en cualquier país, en Chile existen instituciones y personas que despliegan una gran solidaridad en momentos como éste. Ahí están la Fundación Teletón, Caritas Chile, Hogar de Cristo, Un Techo para Chile, universidades, colegios, algunas empresas, para demostrarlo. Allí están también miles de jóvenes, hombres y mujeres, contribuyendo con quienes más lo necesitan. Pero estas instituciones y personas, que merecen toda nuestra admiración y respeto, son la parte que queda en pie del mito. En el suelo de este edificio de la solidaridad chilena están los saqueos de un lumpen de diverso pelaje; el egoísmo de los supermercados que prefirieron botar a la basura miles de productos en lugar de donarlos; un sistema de entrega de ayuda que discrimina en Concepción con Nescafé para los más acomodados, bolsitas para los pobres y nada para el resto; la indolencia de aquellas instituciones que funcionan como si nada hubiese ocurrido, so pretexto de normalizar para evitar el estrés postraumático; los millones de chilenos que no sufrieron daño material ni humano y se han conformado con “sufrir” mirando las imágenes en televisión, sin haber hecho ningún gesto de ayuda. Quizás sea usted uno de aquellos que, tal vez, al escuchar la insistencia de Don Francisco extrajo del monedero un billete para depositarlo en el banco, símbolo de su único aporte a las víctimas.

Parte importante de la sociedad chilena es solidaria cuando hay una cámara de televisión y un micrófono cerca. Si no me cree, pregúnteles a todos esos niños y niñas de entre seis y diez años que están sufriendo, que tienen hambre, que no han sido visitados por el Presidente ni por los canales de televisión, que están tristes y con miedo por el solo hecho de no haber tenido la suerte de pedir una “zafrada” para cubrirse. Y el pequeño “zafrada”, inteligente e inocente, enternece a un país entero sin saber que está siendo usado por los figurines de siempre.

El segundo mito colapsado es “Chile, país de cultura sísmica”. Vivimos en un país construido sobre una línea de subducción entre la placa de Nazca y la placa Sudamericana, que recorre longitudinalmente gran parte de su territorio y que se manifiesta mediante diversas fallas geológicas. Y con una historia tristemente enarbolada de terremotos y maremotos altamente destructivos. Y cuya cordillera alberga un importante número de volcanes que causan un permanente riesgo de sismos (además de las otras consecuencias propias de las erupciones). Y con un litoral de más de 4 mil 200 kilómetros de costa, de mar, de olas. Pero vivimos, organizamos nuestro territorio, asentamos nuestras ciudades, nuestra actividad económica, nuestra vida, construimos nuestros programas educativos, creamos nuestras instituciones como si no existieran las fallas geológicas, como si no tuviésemos mar, como si no existieran los volcanes, como si no tuviésemos una historia telúrica letal. Y el 8 de marzo, diez días después del último terremoto, se nos informa que una importante cantidad de habitantes de caletas azotadas por el (o los) tsunami se quieren reinstalar en los mismos sitios de sus desaparecidas moradas. El mito de la cultura sísmica se transforma en escombros a la misma velocidad que nuestra memoria expulsa el recuerdo de cada catástrofe.

El tercer mito gravemente dañado es “Chile, potencia en las comunicaciones y la información”. Las páginas económicas de los grandes periódicos, los diarios financieros, los suplementos de tecnología, la agresiva publicidad de las empresas de telefonía, la discusión sobre la televisión digital, el mercado de televisores de alta definición, el crecimiento explosivo de la telefonía celular, el fácil acceso a herramientas de comunicación y la internet banda ancha construyeron el mito de que Chile era una potencia de las comunicaciones. Bastaron tres minutos de movimiento telúrico para fragilizar estructuralmente el mito. Quedamos incomunicados. Y por varios días. En el Chile de 2010 transcurrieron interminables horas sin saber qué ocurría en las zonas del epicentro telúrico. Y el consejo más inteligente de las empresas telefónicas fue: “No usen el teléfono…”.

Eso en el plano de las tecnologías de comunicación. En el plano de la información, la desinformación de los medios de prensa nos pintó un país que no era. “Pichilemu ha quedado destruido por el tsunami y la Armada evalúa evacuar la ciudad”, escuché en una de las principales radios del país. Ese día 27 de febrero estuve en Pichilemu y no estaba destruido. “Concepción está en el suelo”, escuché en otra radio. El 6 de marzo estuve en Concepción y no estaba en el suelo. Y demoré cuatro horas con 40 minutos entre Buin y la entrada a Concepción, y no las 9 ó 12 horas que se anunciaban. “Cobquecura habría desaparecido”, anunció otra radio y no era cierto. Y a medida que los días pasaban la cifra de muertos disminuía. Por supuesto que hubo gran destrucción, y lugares como Talcahuano, Iloca y Constitución aprietan el corazón de cualquiera. Pero la exageración apocalíptica de los medios y la incomunicación de la telefonía nos angustiaron erradamente.

El cuarto mito que habrá que inspeccionar es “Chile, país donde las instituciones funcionan”. El SHOA no realizó su tarea y la coordinación con la Onemi fue defectuosa. La Presidenta no tuvo un helicóptero para salir de inmediato a recorrer la zona más afectada. Más de tres días tardó la declaración del toque de queda para enviar a los militares a dar seguridad a la población penquista. La fuerza de elite de Bomberos que llegó a Concepción con varias toneladas de equipos para las labores de rescate no tenía cómo trasladarse desde el aeropuerto de Carriel Sur al centro de la ciudad. Los protocolos para hacer frente a los tsunamis no funcionaron. El Ministerio de Relaciones Exteriores tuvo que detener urgente la ayuda internacional mientras se decidía qué tipo de ayuda se requería (¿realmente había que evaluar si se necesitaban o no hospitales de campaña?). Las voces pidiendo auxilio que emanaban de algunos edificios en ruinas se fueron silenciando mientras esperaban la ayuda que no llegó. Y de no ser por organizaciones caritativas como las al inicio mencionadas, muchos damnificados estarían en la calle o fallecidos, ya que el Ejecutivo y el Legislativo aún discuten cómo financiar la reconstrucción, a un mes del terremoto.

Desalojemos estos mitos mal fundados para no sucumbir aplastados por ellos y construyamos una sociedad solidaria de verdad, exijamos al Estado que norme debidamente las comunicaciones y la información, tomemos conciencia del territorio que habitamos desde la educación y la política, y repensemos nuestra institucionalidad. Nunca es tarde, las futuras generaciones nos lo agradecerán.

Publicado en La Nación el 31.03.10

viernes, 23 de abril de 2010

Los tsunamis no matan

Por Rodrigo Vidal Rojas

Los tsunamis no matan. Lo que daña es nuestra falta de cultura sísmica, que se expresa de diversas formas: balnearios construidos a nivel de mar; asentamientos costeros sin sistema de alarma de tsunamis; puertos carentes de las debidas instalaciones rompeolas; edificios construidos sobre terrenos inestables; estructuras diseñadas para sismos de mediana intensidad; cableado aéreo por doquier; pasarelas en hormigón prefabricado, sin las suficientes holguras para desplazarse; uso y abuso del vidrio; edificaciones sin los debidos amarres estructurales; proliferación de cielos americanos, creados en lugares donde no se registran sismos; libreros, estanterías, guardavajillas, esculturas altas, sin los anclajes necesarios para evitar su caída; ausencia de los sismos en los programas de estudio en nuestros colegios y escuelas; inexistencia de cartillas, recomendaciones, guías o sugerencias para la población ante estos eventos; inexistencia de protocolos claros y transparentes para el accionar de las autoridades; etcétera...

Y vivimos en un país construido sobre una línea de subducción entre la placa de Nazca y la placa Sudamericana, que recorre longitudinalmente gran parte de su territorio y que se manifiesta mediante diversas fallas geológicas. Y con una historia tristemente enarbolada de terremotos y maremotos altamente destructivos, que sólo durante el último siglo se manifestó con epicentros en 1906 en Valparaíso, en 1922 en Vallenar, en 1939 en Chillán, en 1943 en Ovalle, en 1971 en Illapel, en 1985 en Melipilla, en 2005 en Iquique, en 2007 en Quillagua, en 2010 en Cobquecura; y el triste récord mundial de 1960 en Valdivia. Y cuya cordillera alberga un importante número de volcanes que causan un permanente riesgo de sismos (además de las otras consecuencias propias de las erupciones). Y con un litoral de más de 4 mil 200 kilómetros de costa, de mar, de olas.

Pero vivimos, organizamos nuestro territorio, asentamos nuestras ciudades, nuestra actividad económica, orientamos nuestra vida, construimos nuestros programas educativos, creamos nuestras instituciones, como si no existieran las fallas geológicas, como si no tuviésemos mar, como si no existieran los volcanes, como si no tuviésemos una historia telúrica letal. Y el 8 de marzo, diez días después del último terremoto, se nos informa que una importante cantidad de habitantes de caletas azotadas por el (o los) tsunamis se quieren reinstalar en los mismos sitios donde estaban sus desaparecidas moradas.

Esta falta de cultura sísmica queda tristemente revelada desde el 27 de febrero: destrucción en Constitución, Iloca, Pelluhue, Talcahuano y otras ciudades costeras; una niñita salvando a la población en Juan Fernández, movida por su instinto, porque el sistema de alarma no funcionó; edificio Alto Río en el suelo en Concepción; decenas de construcciones y pasarelas colapsadas; destrucción del patrimonio arquitectónico en adobe; desconocimiento generalizado respecto de qué hacer frente al terremoto y sus réplicas; descoordinaciones entre el SHOA y la Onemi; demora en la toma de decisiones; entre muchos otros aspectos. Resultados graves que, coincidamos, pudieron ser peores. En otros países menos sísmicos que Chile, un terremoto de esta magnitud hubiese sido, probablemente, mucho más dañino.

El problema es que somos un país de memoria corta, que no aprende de su experiencia, que no ha sido capaz de integrar en toda su dimensión esta realidad sísmica permanente y que retoma su vida normal post terremoto como si nunca más fuera a experimentar un nuevo evento telúrico grave. No hemos aprendido ni de nuestro territorio ni de nuestra historia, y nuestro modo de vida, nuestras costumbres y comportamiento, las modalidades de nuestro desarrollo científico, económico y tecnológico, se han construido ajenas al carácter sísmico de nuestro país. No tenemos en nuestro ADN la sismicidad del territorio como una condicionante de vida.

Cuando, en 1998, como director del equipo consultor de la Escuela de Arquitectura de la USACh, realicé el estudio del Plan Regulador Intercomunal del Borde Costero de la Sexta Región, en una zona litoral que incluye desde La Boca hasta Boyeruca, pasando por Navidad, Matanzas, Topocalma, Pichilemu, Cahuil y Bucalemu, propuse la creación de una cota de seguridad ante eventos marinos situada a 20 metros sobre el nivel del mar. Propuse la libertad de construcción residencial, en las áreas planificadas, sobre esa cota y bajo la cual se construyeran sólo instalaciones ligadas a la actividad marina, diseñadas y calculadas en función de los posibles tsunamis. Algunos conspicuos colegas profesionales dijeron que esa cota era una exageración, una suerte de terrorismo territorial…

Este nuevo evento telúrico nos da una nueva oportunidad. Tenemos la posibilidad no de reconstruir nuestro país, como afirman las autoridades de gobierno, sino de recomenzar, fundar de nuevo, reconquistar nuestro territorio y maritorio, domesticar nuestra cultura y respetar los tiempos, los ritmos, los lugares y las formas en que se manifiesta la naturaleza. El río siempre buscará su lecho original; la lava buscará siempre las mismas quebradas y pendientes; por efecto de gravedad, las subidas de mareas buscarán siempre los planos horizontales aledaños; las lluvias intensas siempre inundarán los sectores bajos, causarán aluviones en áreas conocidas y ablandarán los terrenos no rocosos; cada cierto tiempo tendremos terremotos de mediana a alta intensidad. Rediseñemos nuestro territorio en función de esta realidad, muy presente pero que no queremos reconocer.

Reinventar, educar, diseñar, construir. Son las cuatro tareas de todos, donde el Estado y sus ministerios de Planificación, Educación, Vivienda y Urbanismo y de Obras Públicas deben asumir un rol protagónico. Pero no reconstruyendo, sino repensando nuestro territorio a partir de una cultura que incluya nuestra realidad telúrica. Para que nunca más los tsunamis vuelvan a bañar de luto nuestro hermoso litoral por culpa de nosotros mismos.

Publicado en La Nación el 17.03.10

lunes, 22 de marzo de 2010

Díaz, no estuvo a la altura

Al igual que Pérez, Díaz también trabaja en una institución de educación superior. Pero a diferencia de él, no forma parte del personal auxiliar, sino del aparato académico. Él es profesional, exitoso y con cierto reconocimiento. Incluso en alguna época llegó a ocupar cargos directivos en dicha institución.
Su casa, por lo mismo, no está en las barriadas costeras de Penco. Está en Andalué. Un barrio residencial ubicado en los cerros de la comuna de San Pedro de la Paz, frente a Concepción, que a fines de los 90 comenzó a transformarse en el refugio de moda de la clase media ascendente.
Su exclusividad es tal que casi no cuenta con locomoción pública. De hecho, para que las "asesoras del hogar" puedan llegar cada día, los patrones dispusieron un bus que las espera abajo, en la villa, y las transporta a su lugar de trabajo, previa presentación de su credencial. Es el conocido "bus de las nanas".
Por su estratégica ubicación e interesante clientela, también algunos de los colegios particulares de Concepción se instalaron en el lugar.
Díaz, "el ingeniero" como es conocido hoy gracias a la prensa, tiene ahí una imponente casa. Su garage alberga, además del auto de su esposa, un Hyundai Santa Fe, de esos que en su versión más simple parten costando alrededor de 15 millones.
Su casa no fue destrozada por el terremoto, como sí sucedió con la de Pérez, que a mitad de la noche tuvo que ver como el mar entró en ella arrasando sus pertenencias. Tampoco tiene las urgencias de Pérez. Su diferencia salarial es, al menos, 10 a uno. Sin considerar el ingreso de su esposa, también profesional.
Pero por alguna razón difícil de descifrar, según señala la prensa, Díaz se unió a los "saqueadores" (como con insistencia enfermiza se les llama). En su Hyundai, se entiende.
Los vecinos del supermercado de la villa lo fotografiaron y lo denunciaron. Hoy está transformado en un caso nacional emblemático. No se trata del lumpen poblacional que se apropió de los supermercados para salir corriendo con cuanto encontró a su paso. Se trata del estrato culto, académico, y relativamente pudiente, que no salió a saquear por temor al hambre del día siguiente.
Su caso tiene, además, otros dos elementos que lo hacen socialmente interesante. El primero ha sido el deleite de la prensa por la captura de alguien distinto a los sospechosos de siempre. Su detención salió en los medios de circulación nacional y fue profusamente difundida. Como ocurrió con el tipo echándose la lavadora al hombro, que fue exhibido hasta la saciedad.
Lo otro que lo hace interesante es que, a diferencia de lo que ocurrió con la mayoría de los detenidos de las poblaciones, gracias a la maña de su defensa Díaz no quedó en prisión preventiva, sino con arresto domiciliario nocturno, para molestia de la fiscal regional del Bío Bío.
Por desgracia, conociendo un poco nuestra sociedad, de algún modo ambas cosas eran esperables.

jueves, 18 de marzo de 2010

Pérez, a la altura

Por Daniel Casanova

Pérez es un hombre humilde y esforzado. Trabaja como parte del personal auxiliar de una institución de educación y los fines de semana hace "pololitos" de gasfitería y construcción. Su casa está en Penco, a pocos metros de la playa. Tiene dos hijos discapacitados y un humor pícaro a toda prueba. Una vez le gastó una broma emblemática a un guardia: Le dijo con seriedad y voz de mando, "cuando salga el rector de clases le dice que yo quiero hablar inmediatamente con él". El guardia se la compró y al rato llegó con el rector con cara de pregunta.
La noche del terremoto huyó de su casa a los cerros de Penco con su familia. Tras la primera incursión del mar fue a ver su casa, la que permanecía aún fuera del alcance del agua. Vio entonces que se recogía el mar, como si se algo lo estuviera succionando con tal fuerza, que se secaba todo al instante. Había un ruido sordo omnipresente. Arrancó nuevamente a las alturas y vino la segunda marejada, que alcanzó su casa. Nuevamente fue a constatar los daños y nuevamente el mar se recogió todavía con más fuerza. Se alejó otra vez de la costa. Vio que el mar se recogía y abría y dejaba una gran extensión seca, más o menos de un kilómetro. Vino la tercera y última ola. Pérez relata que el mar y un sin fin de materiales de todas clases que traía, se metía por debajo de las casas cimentadas en pilares y las sacaba se cuajo, bajo un ruido infernal de clavos y fierros que se desprendían de su lugar. Las casas navegaban en medio de containers y barcos a la deriva, traídos por la furia oceánica desde el muelle de Talcahuano. Su casa se salvó, pero el agua, el barro, los escombros y la basura llegaron a un metro del altura. Encontraría luego el refrigerador acostado arriba de una mesa y encima la silla de ruedas de unos de sus hijos. Él y su familia quedaron con lo puesto y sin provisiones de ninguna clase.
Al día siguiente, teniendo a su haber sólo lo puesto, los vecinos le avisaron que estaban sacando mercadería del supermercado Líder. No lo dudó ni un segundo y partió a buscar lo suyo. En la tarde, junto a unos vecinos, ayudaron al dueño de negocio del barrio a acceder a su boliche, cuya cortina estaba trabada. Hecha la pega, le pidieron al comerciante que se rajara con algo de agua mineral y cigarrillos y éste se negó. En el camino de vuelta a los cerros le contaron la anécdota a los "cabros de la esquina", los que rápidamente concurrieron al negocio, lo abrieron como pudieron, hicieron paquetes y repartieron todo a los vecinos, que estaban sin agua y sin comida.
Pérez está hoy de allegado, tratando de hacer su casa habitable y juntando corazón para volver a vivir en la orilla del mar, mientras sigue temblando en la zona, escasea el agua y la luz se corta todos los días. Necesita enseres de casa, loza y esas cosas. Ha recibido una cajita de alimentos tirada a destiempo por alguna agencia pública o privada, mientras Piñera y Bachelet se abrazaban en la Teletón celebrando la constatación de que la provebial solidaridad del chileno aún estaba en pie y los mercaderes se sobaban las manos con las inesperadas utilidades telúricas.
Creo que los medios, el estado y las elites intelectuales nos venden una idea maniquea de la realidad, simplificada, bruta y sin matices. En Concepción ahora hay saqueadores y saqueados. Hay gente decente y flaites. Y si se hubiesen dado un par de condiciones para una noche de cuchillos largos, no cabe duda que habría ocurrido y los medios la habrían reporteado "objetivamente". No falta el que también dice que esto es lucha de clases. Asomos de no se qué rebeldía histórica. Sospecho que tras cada uno de esos juicios hay una parcela que defender del saqueo de la desnuda realidad.
Es todo muy complejo, todo son historias particulares; el resto es un invento de alguien. ¿Podría yo con apego a los hechos decir que Pérez actuó por resentimiento social? ¿Podría yo atribuir los hechos al "modelo neoliberal" y la "lucha de clases" sin atropellar en una generalización olímplica la facticidad rotunda de estos días oscuros? ¿o cómo podría agarrarme la cabeza a dos manos y lamentarme por "el estado moral de los chilenos"?
No se nada, salvo que yo, en las mismas circunstancias de Pérez, habría hecho lo mismo. Si tuviera -además- su claridad instantánea y su coraje para estar a la altura.

lunes, 15 de marzo de 2010

De cuicos, flaites y otras yerbas

La Piojera es uno de los bares más conocidos y antiguos de Santiago. Según se dice, su fundación se remonta a fines del siglo XIX y desde 1916 es administrado por la misma familia.
Cuenta la leyenda que éste era uno de los pocos espacios urbanos en que se juntaban los aristócratas de la "ciudad propia" con los rotos de los barrios "ultra Mapocho", que habría sido el propio Presidente Arturo Alessandri quien le habría puesto el nombre de Piojera y que en sus visitas a Chile, el célebre tenor Ramón Vinay habría cantado parado sobre los toneles de vino, para deleite de los parroquianos.
La Piojera era, en el Santiago antiguo, una especie de frontera material y lúdica entre la civilización y la barbarie.
Su menú es precario, poco pulcro, lo mismo que sus instalaciones y ni hablar de su dudosa higiene. Su concurrencia diaria es una mezcla de oficinistas, ferieros, estudiantes, funcionarios públicos y patipelados de todas clases. En otras palabras, es el lugar ideal para ir a tomar un buen pipeño mezclado con chicha de uva y comerse un sánguche de arrollado, en la más completa tranquilidad. También para comprar cigarrillos sueltos y toda suerte de chucherías de esas que venden los ambulantes de la zona.
Los viernes y sábados en la tarde, sin embargo, el paisaje humano cambia radicalmente. La Piojera se llena de cabelleras rubias, de esas que no conocen los piojos. Ojos azules y pieles blancas ahuyentan a los nativos, con sus risas de bienestar y sus billetes sin amuñar.
Son los cuicos que "bajan" al centro a conocer los lugares del folclor capitalino. A ver a los rotos en su hábitat natural y rozarse con ellos. A encontrarlos choros, encachados y sentirse chilenos. Es una especie de turismo aventura urbano. Donde el riesgo es, se imaginan, morir apuñalado, intoxicarse con la comida o, incluso, llegar a ser toqueteados por curtidas manos obreras.
Los viernes y los sábados, entonces, los visitantes habituales se van a otros bares. Donde puedan tomarse tranquilos el trago de la tarde y reírse de sus miserias y riquezas, sin tener que disputar su propio espacio con los cuicos.
Esta escena se repite ocasionalmente en la Casa de Cena, en el Hoyo, en el Wonder Bar y otros restaurantes de raigambre popular. Es la nueva moda del riquerío. Es su forma de sentirse parte de un país y de una sociedad de la que no son mucho más que lejanos vecinos.
Pero esto no está en si mal. Habla de la clase de sociedad en que vivimos y que hemos construido. Donde unos deben hacer excursiones para enterarse cómo viven y se divierten los otros.
Sería interesante, sin embargo, averiguar qué pasaría si fuera a la inversa.
Es decir, si un grupo de rotos, más recientemente llamados flaites, se armara de curiosidad, coraje y dinero, y se arriesgara a adentrarse en tierra cuica. Es decir, ¿qué pasaría si unos cincuenta flaites, con sus cabelleras negras, sus zapatillas chillonas y sus collares blin blin se dejaran caer por los restaurantes de Borde Río (que es más bien siútico, que cuico), en el Mesón Patagonia, en La Sal, en Le Due Torri o quién sabe en qué otro lugar? 0 ¿Si aparecieran de pronto en Cachagua o Zapallar?
¿Qué harían los cuicos? ¿Los dejarían entrar, los atenderían, como sí los atienden a ellos?

viernes, 13 de noviembre de 2009

Conservadores innovando al sur de Chile*

* Por Felipe Rivera

Puede parecer raro el título, pero resulta que también da para pensar en una paradoja... "los conservadores de antaño ya no son los de hoy día". Claro, porque por definición un conservador, no emprende, ni genera nuevas cosas. Los conservadores de hoy, como Pablo Fierro, y muchos otros, tienen justamente una inquietud por generar cosas nuevas, pero desde lo antiguo, desde la historia, rescatando las tradiciones.

Caminando por Puerto Varas conocí el caso de Pablo Fierro, un tipo que estaba trabajando, maestreando, en el frontis de una casa de fachada antigua, atiborrada de cosas antiguas, y con un letrero gigante que decía "Museo Pablo Fierro: Un Proyecto Bicentenario". La idea es realmente genial. Él está montando una especie de museo con artefactos y fotos antiguas, que vendrían a ser el registro vivo de la sociedad del segundo siglo de independencia. Además, parte fundamental del registro son los cuadros de casas y edificaciones antiguas que él pinta mediante distintas técnicas, que me recordaron las pinturas de Thomas Daskam. No sólo la idea es genial, sino también el ímpetu y la emocionalidad con la que él habla de su proyecto. Cosa que cualquier artista debe hacer para lograr efectivamente su objetivo artístico.
Pablo Fierro, tiene plena conciencia de que es lo que está haciendo. Él está simplemente haciendo su arte, para lo cual pidió apoyo a los proyectos bicentenario, pero no lo obtuvo, y declara: "no, para qué, tanto papel, si al final lo que uno quiere hacer es su arte, y que la gente vea esto, y disfrute". Y luego agrega, la frase que expresa la vitalidad total del arte: "tengo que seguir haciendo cosas, seguir trabajando acá, por que si me aburro, terminaré saliendo a buscar pega".
El proyecto de museo, construido en una casa antigua que antes de Pablo Fierro estuvo abandonada, es realmente una iniciativa digna de apoyo de los fondos bicentenario de la cultura y las artes, pero no queda claro si él se resiste a entrar en la burocracia y obtener estos fondos, o nuevamente este es un caso más de desajuste entre las políticas públicas y la realidad. Pese a que me parece que es más lo primero, algo de lo segundo tiene, ya que siempre está el factor de desentendimiento de parte de las políticas hacia las necesidades sociales.
De todos modos, sea lo que sea, el caso de Pablo Fierro, merece una gran vitrina, más allá de las 80 mil visitas que su museo ha recibido. El proyecto es simplemente maravilloso (ver: http://www.pablofierro.cl/wb/index.php).
Contra todo pronóstico, encontré innovación al sur del mundo. Bueno podría ser un caso más de emprendimiento, que de innovación... pero de todos modos con un alto margen de creatividad, y lo mejor de todo que seguro puede hacer crecer el PIB, dejar dinero por efecto de turismo y generar empleo. Después de todo el turismo es uno de los 9 sectores claves del desarrollo económico país descrito en el libro blanco de la comisión de innovación para la competitividad.

lunes, 2 de noviembre de 2009

lunes, 14 de septiembre de 2009