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martes, 19 de junio de 2018

Reforma de Educación Superior y Acreditación de Calidad

Implementar la Reforma de Educación Superior será en muchos aspectos – qué duda cabe – un gran problema, tanto para el Estado como para las universidades.
Habrá que crear nuevos organismos públicos y generar un sinfín de reglamentos. También existirán más exigencias de informar, de reestructurar los sistemas contables, de calcular vacantes y aranceles, de formalizar los vínculos con personas relacionadas, entre otras.
Hay un aspecto, sin embargo, en que la Reforma puede ser una gran oportunidad: en la reformulación del sistema de aseguramiento de la calidad y los procesos de acreditación.
Descontando los escándalos de corrupción y algunas actuaciones ambiguas de la Comisión Nacional de Acreditación (CNA), dos me parece que son los principales problemas. Por una parte, las dimensiones que ha tomado esta operación y, por otra, su carácter eminentemente auditor y administrativo.
El modelo vigente, basado en acreditación institucional y de programas de pre y post grado, ha adquirido proporciones elefantiásicas. Sólo a nivel universitario, desde el año 2000 a la fecha, se han realizado más de 200 procesos de acreditación institucional, casi 2.800 de carreras de pregrado y cerca de 1.700 de postgrado y especialidades médicas. En costos directos esto ha significado a las instituciones unos 25 mil millones de pesos. A ello se debe sumar el contingente profesional y técnico necesario (y creciente) para coordinar estos procesos. Y, más grave aún, la cantidad de horas que profesores y profesoras deben destinar a actividades secundarias, como ésta. En otras palabras, la acreditación se ha vuelto mucho más una función de la economía, que de la educación.
La forma como se han conceptualizado e implementado estos procesos, en tanto, ha sido crecientemente burocrática y administrativa. Pautas normadas al detalle, preguntas estándar y especies de listas de chequeo de actividades y procedimientos, han reemplazado a un análisis focalizado de contenido y pertinencia. De continuar así, los pares evaluadores ya no serán necesarios. Bastará con que un técnico auditor vaya a verificar en terreno el grado de cumplimiento de las prescripciones que la CNA haga.
La futura Ley establece la reformulación de la CNA y la creación de criterios y estándares para acreditar, que deberán ser definidos por ésta, con consulta a comités de expertos y a las propias instituciones.
Esta es una oportunidad única para avanzar hacia un sistema nuevo, que conceptualice los procesos de acreditación de una forma que sean efectivamente útiles a la calidad de la educación y no sólo a la reproducción de lógicas y aparatos administrativos, o a la economía.
Por supuesto, no se trata de cuestionar el rol que la CNA ha jugado en un contexto educativo casi completamente desregulado, donde el abuso y la precariedad fueron norma en un extenso sector. Pero el sistema de educación superior chileno ha cambiado desde 1999 a la fecha. Muchas instituciones han adquirido una complejidad que hace innecesario seguir yendo a verificar si cuentan con salas de clase, biblioteca o tienen organigrama.
Es de esperar que se avance hacia un sistema que, primero, se base en una clasificación de universidades. Luego, priorice una evaluación focalizada y centrada en el contenido y la pertinencia del trabajo desarrollado. Y, por último, no impulse la reproducción y expansión de aparatos burocráticos al interior de las universidades, que se transformen en réplicas a escala de la CNA.
--> Como señalé al comienzo, ésta es una gran oportunidad de cambiar la mirada, que espero sepan aprovechar quienes implementen este aspecto de la ley. Sobre todo, porque no volveremos a tener una opción como ésta sino hasta dentro de muchos años.

sábado, 2 de diciembre de 2017

El dilema del Frente Amplio

En cuanto se conocieron los resultados de la reciente elección, Marco Enríquez-Ominami salió a respaldar al candidato de la Fuerza de la Mayoría, señalando que era "el momento de Alejandro". De hecho, en plena campaña había indicado que no repetiría el error que llevó a la elección de Sebastián Piñera como Presidente.
El error principal de MEO en aquella ocasión, sin embargo, no fue creer que con negar su apoyo al candidato oficialista él se perfilaría mejor para el futuro, sino pensar que los votos eran suyos.
Lo que él había captado era un descontento, bastante transversal y muy patrocinado por la derecha, que le dio un lugar de privilegio en los medios de comunicación, de los cuales es dueña, a fin de levantarlo frente a Eduardo Frei.
Otro error, no menos importante, fue no entender que la gente ya no quería (y no quiere) seguir esperando eternamente ciertas reformas. Es mejor una reforma a medias ahora, que una gran reforma en dos elecciones más. Por lo tanto, el voto tiene una demanda de urgencia que antes, tal vez, no tenía.
El dilema de MEO no era solucionable. Apoyar a Frei sería leído por un importante grupo de votantes como una traición a su propio discurso, por vago o ambiguo que fuera. No hacerlo era entregarle el gobierno a la derecha y postergar mejoras en la vida cotidiana de quienes lo apoyaron, en beneficio político personal.
A mi juicio, evidentemente con ciertos matices, en un dilema similar se encuentra hoy el Frente Amplio.
Salvo Revolución Democrática y el movimiento Autonomista, los demás grupos que lo componen no evidencian una base social que los pueda sostener y proyectar en el largo plazo. El FA tienen mucho ascendiente en sectores jóvenes e "ilustrados" (por usar un concepto del siglo pasado). Muchos estudiantes y profesionales jóvenes, pero escasa calle.
Es más, pienso que su éxito no se entiende tampoco sin la figura de Beatriz Sánchez, que fue creciendo a medida que avanzó la campaña, generando importantes apoyos a su propio liderazgo. Figura que, como dos elecciones atrás pasó con MEO, también fue levantada por la prensa de derecha con la esperanza de hacerla pasar a segunda vuelta, porque la consideraba menos competitiva.
Ayer, después de largos debates, votaciones y otros procedimientos, el Frente Amplio decidió no llamar a votar por el candidato oficialista y dar libertad de acción a sus seguidores.
Apoyar a Guillier, como escuché decir, era " dispararse en los pies".
Ésta es una apuesta arriesgada, que supone que los votantes serán leales y que continuarán respaldando esta iniciativa política en el futuro.
Pienso, sin embargo, que ello no será así.
En primer lugar, por las mismas razones que no sucedió con Marco Enríquez. Un porcentaje importante de los votos no son incondicionales del FA: se originan en el descontento con lo que sucede en Chile hoy y hubieran votado por cualquiera que represente dicho descontento. Asimismo, no transar en las reformas - en su profundidad y en su temporalidad - posterga los deseos de cambio de miles de personas, en beneficio de su proyecto político. Proyecto que, por lo demás, hasta ahora no existe más allá de un par de esloganes.
Pero ello no será así además porque, de ganar la derecha, el FA deberán compartir con la Concertación el rol opositor, dándole cuatro años para que ésta se recomponga y vuelva a reinventarse. Esto, sin considerar la "retroexcavadora" que la derecha gobernante echará a andar.
De ganar Guillier será, a ojos de todos, sin el apoyo del FA. Es decir, a pesar de su egoísmo político y social. Pero la composición del Congreso los obligará a trabajar juntos y apoyar reformas parciales que ahora se negaron a garantizar.
Como sea. Espero equivocarme. Quiero pensar que el Frente Amplio ha llegado para, por fin, poder equilibrar una balanza que hasta ahora sólo se ha inclinado hacia los más poderosos.
Pero esto no lo decidiré yo. Lo hará la calle, donde - como dije - tengo la sospecha que estos nuevos líderes aún no han llegado y muchos ni siquiera conocen.



martes, 20 de diciembre de 2016

Adiós a la Reforma de Educación Superior: carta de despedida

Sábado 17 de diciembre de 2016

“Preferiría no tener que escribirte estas líneas, pero es mejor que te enteres por mí antes que por terceras personas”.
Esta es más o menos la sensación que tengo mientras redacto esta nota, pero me veo obligado a enfrentar con realismo nuestra situación: hemos llegado al punto en que tenemos que comenzar a olvidarnos de la reforma de educación superior y hacernos la idea que esta aventura fracasó.
Desde un inicio el proyecto fue un conjunto de informaciones confusas, agravadas por la proliferación de minutas que mencionaban, sin precisión mayor, los temas que abordaría.
Ni hablar de las veces que se avisó su pronta entrega al Congreso. Recuerdo al menos seis anuncios con sus respectivas postergaciones.
En medio de este festival de desaciertos, la Presidenta Bachelet informó que la gratuidad se adelantaría un año y que, en lugar de comenzar en 2017, lo haría en 2016. Esta situación dejó uno de los ejes de la reforma expuesto a los resultados de las componendas propias de la discusión presupuestaria en el parlamento.
Finalmente, el 4 de julio de este año se ingresó al Congreso, para desconcierto de muchos y desazón de casi todos. El proyecto logró algo inédito: concitar el rechazo general de los actores involucrados, incluidos aquellos que más lo propiciaban.
Las razones son varias, por lo que sólo enuncio las más importantes.
Primero, no terminaba con la competencia de mercado como motor del desarrollo de la educación superior, ya que confundía la fuente de recursos (el Fisco) con la modalidad de asignación (por productividad, por cantidad de matrícula, etc.). Eso es algo más que un insensato pecado de juventud.
Segundo, porque no establecía una nueva relación entre el Estado y sus universidades, y sólo aumentaba la presencia de los representantes del Gobierno en las Juntas Directivas y creaba un fondo exclusivo, no precisado y sujeto a la discusión presupuestaria anual.
Tercero, porque ponía a las universidades privadas del Consejo de Rectores, cuyo aporte científico y educativo al país ha sido invaluable, al mismo nivel que las universidades privadas fundadas bajo la legislación de 1980.
Cuarto, porque generaba una regulación para el sector privado escasamente aplicable y que no da garantías de poder controlar el ejercicio encubierto del lucro que, por ser encubierto, oficialmente no nos consta que exista.
Quinto, condicionaba la expansión de la gratuidad a otros sectores sociales, a los ingresos fiscales y el crecimiento del PIB, por lo que no es posible garantizar que ella existirá alguna vez como fue pensada y prometida.
Menciono estos puntos por parecerme los más importantes, pero también jugaron un rol en el descontento generar un sistema de acreditación que afecta la autonomía de las instituciones y una regulación de precios y vacantes que las inmoviliza. Ni hablar de la consolidación de un modelo de financiamiento a la demanda y no a la oferta (suponer que entregar el dinero a los alumnos antes de matricularse o hacerlo directamente a la institución de acuerdo al número de alumnos que matricula son dos cosas muy distintas es otro insensato pecado de juventud).
El resultado ha sido el peor de los esperados: un proyecto de reforma que no dejó contento a nadie, la promesa de una indicación sustitutiva que al parecer ya no llegará y la esperanza de lograr en el año que viene que la Cámara de Diputados apruebe, al menos, la idea de legislar en general sobre el proyecto. Lo que no significa mucho más que luego lo devolverá a la Comisión respectiva para su estudio y en seguida regresará a la Cámara para su votación artículo por artículo. Concluida esta etapa, recién se remitirá al Senado, que repetirá el mismo proceso. Para tener una idea: la tramitación del proyecto de Ley de Aseguramiento de la Calidad requirió tres años (desde abril de 2003 hasta octubre de 2006), se le hicieron más de 500 indicaciones y sólo tenía 43 artículos. Bastante modesto si se consideran los 202 que contempla el proyecto de reforma.
No tengo mucho más que decir.
Tendremos que aceptar que legaremos a los jóvenes una gratuidad desnutrida, sujeta a la discusión presupuestaria anual y, por lo mismo, expuesta a las condiciones que las fuerzas parlamentarias logren imponer. Como ya sucedió el año 2016 (con la extensión, sin control público alguno, del financiamiento de gratuidad a todas las instituciones acreditadas por más de cuatro años, incluidas las privadas fundadas en los 80), ocurrió nuevamente este año (con la extensión de becas exclusivas de las instituciones del Consejo de Rectores a las universidades privadas fundadas en los 80) y ocurrirá en el futuro con otros fondos, mientras no exista una Ley.
Como dije, preferiría no tener que escribirte estas líneas, pero creo que nuestra fantasía llegó a su fin, del modo más estrepitoso e imperdonable.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Trump: el éxito de la democracia y el fracaso del neoliberalismo

A dos años de concluida la Segunda Guerra, Friedrich von Hayek convocó a 36 intelectuales a una reunión. El lugar escogido fue Mont Pèlerin, un pequeño poblado en los Alpes suizos, cerca del lago Lemán.
Este grupo, que pasó a ser conocido como la Sociedad Mont Pèlerin, enfocó su trabajo en la crítica al socialismo y la propagación de ideas económicas liberales. Para von Hayek, éste se transformaría en un importante espacio de lucha para contrarrestar las corrientes de pensamiento económico dominantes.
En el documento que publicó luego del primer encuentro, titulado "Los intelectuales y el socialismo", llamó a prepararse para una larga batalla, de una o dos décadas, en que el pensamiento liberal estaría aún a la defensiva.
Entre los participantes estuvo un joven economista, que recién un año antes había obtenido su doctorado: Milton Friedman.
Lo que vino después es historia conocida: comenzó en 1944 con los Acuerdos de Bretton Woods y culminó con las fanfarrias que acompañaron la caída del Muro de Berlín. Desde ahí en adelante todo fue jolgorio y anuncios del tipo "fin de la historia".
Sin embargo, a pesar de las enormes acumulaciones de capital, el neoliberalismo no cumplió las promesas de mayor bienestar y prosperidad hechas a las clases medias y bajas de las sociedades desarrolladas.
La eliminación progresiva de las barreras arancelarias permitió trasladar la producción a zonas donde la mano de obra era más barata y la inmigración de grandes contingentes de población posibilitó presionar los salarios locales a la baja, gracias a la abundante oferta de trabajadores. A la desindustrialización, cesantía estructural y bajos salarios, se añadió el deterioro de los servicios estatales que las nuevas ideologías habían llamado a desmontar y encargar al mercado: salud, pensiones, educación, entre otros.
En este escenario no puede extrañar el Brexit. Éste encarna la promesa de devolver el bienestar perdido a grandes grupos de obreros ingleses que no se han beneficiado de la globalización y sus derivados. Lo mismo vale para Trump.
No se trata, como se dice con demasiada frecuencia que los gringos sean ignorantes. O, en el símil chileno, que el "facho pobre" haga eco de los nuevos simplismos de la política. Se trata de promesas no cumplidas que, paradójicamente, sectores conservadores, nacionalistas y, por ende, proteccionistas, han sabido interpretar.
Modificar esta situación podría tener muchos caminos. Estos nuevos conservadores han optado por uno que puede significar el regreso al nacionalismo económico y la reducción del libre comercio.
Como sea, desde sus filas ha surgido la primera amenaza real al neoliberalismo, para sorpresa de muchos y desconcierto de una izquierda que, una vez más, no ha estado a la altura.
Pienso que la victoria de Trump, además, representa otro paso en la consolidación de la democracia como forma de organizar la vida política. Su éxito electoral es también el éxito de un sistema que ha permitido elegir a quien menos representa sus ideales originarios, pero que promete soluciones a la dura cotidianidad de millones de ciudadanos ignorados por los grandes procesos económicos, liderados por consorcios económicos, con la venia de los partidos políticos tradicionales.
Que esto hable también del estado cultural en que dicha elección (y otras) tuvo lugar, qué duda cabe. Pero ello no es culpa de la democracia, sino de una seguidilla de líderes que hace décadas renunciaron a los ideales de la modernidad ilustrada y eliminaron el rol civilizador de la política, para transformarla en un programa de farándula.
En cualquier caso, no hay que engañarse. El neoliberalismo es una más de las muchas formas en que se ha expresado el capitalismo. Por lo que no me cabe duda que éste se reinventará y encontrará la manera de continuar su proceso de acumulación, a pesar del presumible y, por muchos, temido regreso al proteccionismo.