lunes, 21 de junio de 2010

Las ratas salen de su escondite

Hace un tiempo atrás algunos medios de la escasa prensa de oposición titularon un par de artículos de manera similar, a propósito de las celebraciones que rodearon la victoria de Piñera.
Parte de las huestes ganadoras se pasearon por las calles de Chile con bustos del difunto dictador gritando consignas como "General Pinochet, este triunfo es para usted".
Era un mal augurio de lo que vendría.
Primero fue la reaparición Hernán Büchi, ex ministro de Hacienda del general (1985-1989) y que la dictadura se preocupó de mostrar como una especie de atleta intelectual, que escalaba cerros y se alimentaba de verduras. Luego de reforzar las medidas neoliberales y perder la elección presidencial de 1989, su figura había perdido relevancia, hasta que reapareció semanas antes de la elección de Piñera. Lo hizo para dictar cátedra sobre las medidas neoliberales que debía adoptar el nuevo gobierno y, luego, para marcarle la línea en las primeras semanas. Parecía una resurrección trasnochada del pinochetismo (algo similar al desentierro de Cristián Larroulet, flamante Ministro Secretario General de la Presidencia de Piñera).
Luego, Miguel Otero, un reconocido partidario de la dictadura que durante años fue segundón en Renovación Nacional, fue nombrado por el nuevo gobierno embajador en Argentina. Antes de cumplir 50 días en su cargo afirmó en una entrevista para el Clarín que la mayoría de la población chilena no sintió la dictadura, que, incluso, la agradeció. Seguramente se refería a la minoría a la que él pertenece y que se siente históricamente como representante de los intereses de la mayoría. Pero el embajador Otero no se dio cuenta que el mundo había cambiado. Que ya no estaban los tiempos para andar justificando y celebrando atrocidades. Los ciudadanos de Argentina y Chile, dos países que vivieron brutales dictaduras, montaron en cólera. Cabizbajo, pero seguramente sin arrepentimientos ni remordimientos, Otero debió renunciar y regresar a Chile a asumir su rol histórico de segundón.
Lo mejor, sin embargo, vino cuando José Piñera, el hermano del Presidente y recordado por la invención del sistema de pensiones chileno, comparó el régimen de Hitler con el gobierno del presidente Allende. La analogía era tan fuera de lugar que hasta el ministro del interior de su hermano debió salir a contradecirlo. Como alguna vez dijo Ricardo Lagos en una entrevista: "en casi cualquier país del mundo que uno visite hay una calle, una plaza o una escuela que se llama Salvador Allende. En ninguno hay algo que se llame Augusto Pinochet". Mucho, menos Adolfo Hitler. Y eso habla de cómo el mundo entiende su propia historia. Bueno, salvo José Piñera.
Lo sucedido no es una gran sorpresa. Era esperable que las ratas comenzaran a salir de su madriguera. Lo interesante es que éstas no son "ratas de cola pelada", como suele decirse en el campo, sino importantes ex personeros políticos.
Piñera está en mala compañía y de él depende que ésta cobre mayor visibilidad o desaparezca para siempre. Tiene que ver con la decisión que él tome respecto al pinochetismo y los pinochetistas que aún pululan en busca de algún reconocimiento histórico que no tendrán.
Salvo que el Presidente estime lo contrario.

sábado, 19 de junio de 2010

Los Excelentes

Por Daniel Casanova

Toda la sutil brutalidad de la nueva forma de gobernar se expresa en los mapas del SIMCE, donde se identificarán con colores los colegios según su rendimiento en esa prueba. "Eso significa que la subvención que va con el niño va a ir al colegio bueno y ese colegio bueno va a crecer y aumentar la matrícula; al mismo tiempo, los colegios que están mal cuando vean que van a perder alumnos tienen que ponerse las pilas y empezar a mejorar, ese es el objetivo", explicó el Ministro Joaquín Lavín.
Este gabinete de la excelencia, con doctorados en universidades de clase mundial, pasa por alto algunas catedrales que están ante sus ojos.
A un observador desprevenido, pero desinteresado, se le ocurriría temprano la hipótesis de que la baja calidad de la educación chilena algo tiene que ver con el hecho de estar entregada a mecanismos de mercado. La simple sincronía temporal de ambos fenómenos (liberalización mercantilista - descenso de la calidad) obligaría a indagar en el fenómeno hasta a un científico aficionado. Es como cuando a alguien se le ocurrió que las mareas tenían que ver con las fases de la luna. Simple inducción.
El mismo observador, sin necesidad de doctorarse en Standford, podría reparar que no existe en el mundo evidencia de sistemas educativos de calidad equitativamente distribuida, cuyo motor sea el lucro y la competencia por estudiantes portadores de la subvención. Es por eso que, cuando los comentaristas mercuriales suelen sacar el caso de Finlandia como ejemplo de un sistema que funciona, enumeran sus características, pero omiten o mencionan a la pasada, que es un sistema mayoritariamente público y bajo fuerte regulación estatal.
Pero si nuestro observador ya no es tan desprevenido y tuvo la suerte de hacer un curso de estadística de pregrado, podrá constatar que el semáforo basado en puntajes brutos promedio es precisamente una brutalidad, ya que no da cuenta de las variaciones internas y de las variables de contexto. Los colores basados en puntajes brutos incentivarán la selección de estudiantes por habilidad en escuelas sobredemandadas y, por esa vía, la reproducción de la ventaja relativa. Luego, existe el riesgo de elegir escuelas de alto puntaje, pero incapaces de enseñar bien y matar a las escuelas de puntaje modesto, que están haciendo un buen esfuerzo positivo en contextos adversos.
Si ya nuestro observador se graduó en una maestría, se percatará que el mercado no es un espacio neutral, y que la capacidad de elegir bien está en directa relación a los recursos económicos y capital cultural disponible en las familias. Según gente como Lavín y sus "excelentes", en el mercado todos somos iguales y las diferencias -en materia educacional- se darán ahora por los diferenciales en la capacidad de elegir bien. O sea, a partir del próximo SIMCE la culpa de la mala educación se traslada a los malos padres que no supieron elegir, pese a que se les entregó el bendito semáforo.
Y a propósito de mercado y lucro, ¿que han dicho las facultades de educación sobre todo esto? Hoy 17 de junio, cuando ya Lavín está repartiendo sus mapitas, si se ingresa en las noticias del Google la cadena de palabras "simce - colores - decano" se obtiene un solitario resultado.

lunes, 14 de junio de 2010

Un año

Ha pasado un año desde que comencé este blog.
El primer artículo lo escribí el domingo 7 de junio de 2009. Ahogado por un mar de trabajo y, en parte, como una forma de escapar de las rutinas cotidianas.
Entre artículos propios, de amigos, fotografías y otros varios, se han hecho 63 publicaciones. Las visitas han sido más de seis mil seiscientas y el artículo que más visitas y comentarios reunió fue el sobre Pelchuquín (http://pensemoschile.blogspot.com/2009/08/pelchuquin.html).
Desde el primer artículo a la fecha he tenido en varias oportunidades dudas acerca de la pertinencia de continuar publicando, acerca de mi disponibilidad de tiempo para hacerlo o sobre mi capacidad imaginativa para seguir buscando temas.
Más importante aún, en muchas ocasiones me he preguntado si el blog se ha acercado siquiera a cumplir las expectativas de tan pretencioso título "Pensemos Chile".
Los comentarios han sido muchos, las más de las veces más inteligentes que los artículos, pero dirigidos a mi correo personal y no al propio espacio del blog. Esto provoca, en alguna medida, que éste no se transforme en un espacio de discusión, sino más bien en una especie de monólogo público.
No me estoy quejando. Simplemente preguntando por el grado de cumplimiento de los objetivos planteados al comienzo (por decirlo en un preciso lenguaje burocrático).
En este año no he cambiado mi convicción de que el debate público debe elevar su nivel, que necesitamos seguir avanzando en la forma como nos pensamos. Que no podemos delegar la reflexión sobre nosotros mismos a la precaria inteligencia mediática, llena de frases hechas, lugares comunes y visiones mezquinas.
Sin embargo, como dije, me pregunto si este espacio contribuye en algo a cambiar esta situación, o no es más que una rutina similar a la de los medios.
Como sea, espero que este año más amigos y amigas acepten esta invitación a hacer de éste un espacio de conversación.
Por mi parte continuaré en mi empeño. No sé hasta cuándo, pero continuaré.


P.S. Cambié el diseño del blog, por si no se dieron cuenta. Pero no pude borrar los "pajaritos" del extremo superior derecho. Si alguien sabe, que por favor me diga como se hace.

lunes, 7 de junio de 2010

Riesgo vital

Julio del año 2000. La sala de conciertos de la Filarmónica de Munich estaba llena, con cerca de mil asistentes. El conocido Hanns-Martin Schneit dirigía la interpretación de la Misa en Si menor de Juan Sebastián Bach. De pronto, sonó un teléfono celular.
La sala entumeció.
El director se giró hacia el público y continuó por un par de minutos dirigiendo la orquesta de espaldas a ella. Como buscando al culpable de tamaño crimen.
El desatino fue considerado tan importante que el mayor semanario alemán (die Zeit) le dedicó un artículo completo al tema de los celulares en su edición número 37 del año 2000. Además pronosticaba que ese hecho podría volver a producirse, ya que pronto uno de cada tres miembros del público tendría teléfono y más de alguien olvidaría apagarlo. Terminaba el artículo hablando sobre la necesidad de generar una "cultura del celular".
El lunes de la semana pasada asistí con unos amigos a un concierto. Los jóvenes y ya bastante conocidos guitarristas Katrin Klingeberg y Sebastián Montes tocaron en la Sala Isidora Zegers de la Facultad de Artes Universidad de Chile.
Fue precisamente en ese concierto en que se me vino a la memoria el artículo del Zeit.
Si bien no soy alguien que vaya con frecuencia a este tipo de actividades, alguna vez me enseñaron que en ellas había que guardar silencio.
Pero lo que sucedió fue sorprendente. Comenzó con la gente que llegaba atrasada y que impúdicamente abría la puerta de la sala y se dedicaba a buscar a tientas un asiento, pidiendo disculpas a quienes atropellaban tratando de llegar a él. Peor aún: hubo quienes en medio del concierto salieron de la sala.
De los celulares ni hablar, sonaron tres veces. Al punto que en un momento Sebastián Montes debió sonreír.
Alguien podría acusarme de exceso de celo, pero hubo varias personas que durante el concierto jugaban con el programa, haciendo el típico ruido que se produce cuando uno manosea un papel.
Hubo algunos momentos deliciosos: alguien sentado un par de filas más atrás roncó durante unos minutos, unos niños jugaban a hacer un ruido similar al que se produce cuando se sopla dentro de una botella (probablemente era eso lo que hacían) y no faltó quienes conversaron en pleno concierto.
Sin embargo, dos fueron las situaciones que merecen especial mención. Una de ellas se produjo cuando alguien comenzó a escarbar en una bolsa de supermercado y a hacer un ruido que durante un minuto o dos (que parecieron una eternidad) se instaló como sonido de fondo del concierto.
La otra se produjo cuando, si la memoria no me falla demasiado, interpretaron Alfonsina y el Mar. Alguien, amparado en el anonimato de la oscuridad, comenzó a tararearla en voz muy baja.
La cantidad de ruidos era increíble. Pero parecía que a gran parte del público no le molestaba. Me gustaría creer que con este tipo de música está sucediendo lo mismo que alguna vez pasó con el tenis, cuando éste dejó de ser un deporte de aristócratas, se democratizó y hasta aparecieron verdaderas "barras" en las tribunas alentado a su jugador o jugadora favorita. Pero me temo que ello no es así, sino que se trata de simple mala educación.
Tal vez no sería una mala idea comenzar cada concierto con la clásica frase con la que el animador del circo nos intimidaba a la hora del trapecio o la cuerda floja: "se ruega al respetable público guardar el más absoluto silencio; cualquier ruido le puede costar la vida al artista".

lunes, 31 de mayo de 2010

Llegó la hora de "pasar la boleta"

Chile se ha vuelto en las últimas semanas un país políticamente aburrido. Más de lo habitual.
Hasta antes de la llegada de la derecha al poder, las disputas entre gobierno y oposición eran coloridas, las más de las veces un tanto sobreactuadas, ridículas o inútiles, pero coloridas. Cada paso de Bachelet (y antes de Lagos, Frei o Aylwin) era alabado o pifiado por la galería. Y la prensa se encargaba de hacer el coro, de ambos grupos, pero sobre todo de los que pifiaban.
La llegada de Piñera cambió el escenario por varias razones.
Primero, porque la oposición no ha podido aún articularse (y tal vez lo mejor sea que no insista en la urgencia de ello y lo haga con toda la calma necesaria para transformarse en algo mejor de lo que fue en sus últimos años de gobierno). Por lo mismo, no tiene muy claro en qué debe estar en desacuerdo con el gobierno. Si en las ideas, en los contenidos, en los plazos, en las formas. Así muchas de sus críticas suenan a refunfuños de viejos mañosos que andan buscando cualquier excusa para poder alegar.
Segundo, porque Piñera ha sorprendido a todos apoderándose de muchas de las propuestas de la propia Concertación, que su sector se negó a apoyar cuando ésta era gobierno. La conclusión de varios a estas alturas es que Piñera se travistió para llegar a la Moneda. Pero no de demócrata y liberal para convencer a la mayoría de la población que se había hecho de los valores concertacionistas, sino de conservador, para conseguir el apoyo de la derecha. Es decir, le mintió principalmente a la propia derecha conservadora para poder cabalgar sobre sus hombros. Como sea, en los últimos días ha aparecido proponiendo cosas que eran patrimonio de la Concertación y ahora son de él y, por extensión, de quienes lo apoyaron. Por lo mismo, entonces, no está muy claro porqué o en qué se deba estar en desacuerdo con el gobierno.
Tercero, porque la prensa de circulación nacional ha hecho desaparecer las tensiones sociales. Tensiones de todo tipo: políticas, económicas y sociales. De un día para otro estamos todos de acuerdo y vivimos en una sociedad mejor. No parece que hubiera diferencias políticas, derecha e izquierda ya no pelean. Tampoco hay grandes conflictos de interés económico. Pareciera ser que todos estamos de acuerdo en la necesidad de la reconstrucción post terremoto, de avanzar hacia el desarrollo y, sobre todo, en cómo hacerlo. Lo mismo pasa con los conflictos sociales y la delincuencia. Vivimos en un país donde ambas cosas están en retirada. Los unos porque no son necesarios, los otros porque, como dijo el Presidente, "cambió la mano" y ahora no habrá permisividad con los delincuentes.
Accidente o casualidad, lo que está pasando tiene pocos precedentes en la historia de Chile. La visión que los ciudadanos tenemos sobre nuestra realidad se está construyendo prácticamente sólo desde una perspectiva: la oficial. Y ello no tiene que ver con la presencia o fuerza que tienen los medios de gobierno (La Nación o Televisión Nacional), sino con la precariedad que la propia Concertación instaló en el espectro informativo cuando estuvo en el poder.
Como haya sido, por ingenuidad o estupidez, llegó la hora de pagar el desacierto.